Gloria la Vida

El reflejo del metal me tentaba a saborear su sangre, a abrir su corazón y sentirlo palpitar en mi mano. La idea de la perfecta tortura me perseguía, me daba vueltas en la mente, me hacía saborear sus gritos y sentir su sangre; me hacía sentir tan avergonzada y asustada de mí misma que me causaba placer en cada sentido. Venganza debería ser la ley y razón por la cual el humano debe de sobrevivir y merecer una vida de flores oscuras, de terrible soledad y de tremendo gozo.

— ¡Vete de nuestras vidas! ¡Vete a ver si alguien te quiere, a ver si alguien desea ser tú! —decía mi hermano entre lágrimas, dolor y orgullo. Mi padre, con botella en mano y el cuello de mi hermano en la otra, nos decía con tono de orgullo y temor a sí mismo:

—Su madre no va a volver… la he matado, la he visto con otro hombre, la he visto gritar por la vida de ese hombre, la he visto gritar por su vida, y verla morir… Nadie los salvará de mi ira.

Apretando más el cuello de mi hermano, yo le gritaba que parara, lo insultaba y, sin atreverme a mirarlo a los ojos, le grité cobarde. Cobarde, el gran defecto de los hombres. Su gran defecto.

Entre más bebida mi padre tomaba, menos padre mío era, y menos aire le quedaba a mi hermano; decidí terminar con aquel acto de cobardía, de resentimiento. Fui a la cocina y agarré el cuchillo de mi difunta madre.

Mientras mi padre mataba a mi hermano y  se reía de su sufrimiento, me acerqué lentamente con la muerte a mi lado, tomé la botella del monstruo y se la partí detrás de la cabeza. Liberó la mano y se fue acercando a mí lentamente; logré mirarlo a los ojos por última vez y le clavé el cuchillo dieciocho veces. Vi cómo se desangraba, cómo gritaba en agonía y cómo lloraba las lágrimas más falsas que he visto en toda mi vida. Logré disfrutar ese momento, logré saborear lo que era el principio de una vida solitaria, logré ver el aspecto más importante de la vida: la muerte.

Me escapé con mi hermano a nuestra primera noche en la ciudad fría, dormimos al lado de un lugar llamado “Fhara-guesthouse”. De lo poco que mi padre logró enseñarme, aprendí que en este lugar las mujeres venden su cuerpo y él las compraba. Todavía puedo escuchar sus quejas:

—Isabel subió de precio, estas prostitutas ya cobran demasiado.

Me preguntaba si mi hermano de once años sabría de estas cosas. Yo apenas tenía dieciséis cuando empecé a probar de la vida en la calle, y sabía que de alguna manera debía mandar a mi hermano a una escuela aquí en Ámsterdam, que debía ganar plata para poder comer y sobrevivir en este mundo tan cruel y desamparado.

En mi primera semana me conseguí a un hombre de veintidós años al que lo consideraba mi “director”. Me ayudó a ganar dinero para mantener a mi hermano y a mí; por semana me conseguía clientes en el ‘Fhara-guesthouse’, y llegué a disfrutar que me desalmaran, que me quitaran la poca inocencia que me quedaba, me ayudaba a no tener sentimientos hacía nada ni nadie, sólo por mi hermano. Desconocía el término amor, y el amor a mí.

Cuando mi hermano se graduó en medicina, se entregó a los males que nos rodeaban, fue consumido por el amor de una prostituta y lentamente ya no tenía razón para ver hacia delante; la droga lo consumió y cuando logró salvar a la prostituta de sí misma, él se suicidó. Yo quedé devastada en un mundo tan grande, con tantos cuerpos sin alma, con mucha sed de venganza y rabia dentro de mí. Me convertí en la más grande y famosa prostituta de Ámsterdam, todos me querían, logré tener dinero para hacer de todo, menos para ayudarme. La vida me descuidó.

Una noche me di cuenta en dónde estaba parada, de la tragedia que yo misma creé, de que ya no había escapatoria de mí misma. Me di cuenta de las oportunidades que desperdicié en los hombres que me aclamaban y que me deseaban nada más que por sexo. Nunca tuve respeto hacia nada, pero sí vergüenza de mí misma. Ese año fue el peor; ya tenía veintisiete, y mi hermano hubiese tenido veintidós.

Era una basura humana, nunca tuve nada, la única persona por la cual seguía viviendo era por mi hermano, pero al irse, no sólo se quitó la vida, sino que también se llevó mi alma, toda yo. Ya no soportaba ese sentimiento de irresponsabilidad, de culpa, de venganza.

Poco a poco la demencia me fue ganando. Me perseguían los pensamientos de ese día tan glorioso en que maté al ser más abominable del mundo, y se apoderaban de mí.

Una noche de trabajo como cualquier otra, estaba siendo amarrada por un señor viejo y cascarrabias. Por primera vez me sentí abusada, desalmada, y con una incontrolable venganza apoderándose de mí ser. Al terminar con este cascarrabias lo tiré en la cama y lo fui torturando poco a poco. Empecé por los dedos de los pies; poco a poco se inundaba la habitación de sangre; y poco a poco me sentía más libre, más feliz que nunca.

Cuando aquella basura ya no tenía más para gritar, lo colgué del techo, enganchado por la espalda, y sentí cómo mi cuerpo era bañado con su sangre. Lo más curioso de todo, y cómico, es que no había culpa. La vida ya lo había dejado como una piltrafa, y tuve mi venganza, pero sabía que ese apenas era el comienzo.

Mi siguiente víctima fue un adolescente de dieciocho años, apenas empezando la vida y metiéndose en una a la cual no pertenecía. A este cliente lo disfruté todavía más, ya que me recordaba a mi hermano. Sentí un gran éxtasis de poder matar esta culpa que me perseguía, de poder matar el origen de mi más grande dolor. Fue una muerte poética.

Le quité los ojos, ya que no podía ver más allá de la satisfacción; le quité las manos, para que no se suicidara de nuevo; le cosí la boca, para que no pudiera meterse en el mundo de drogas; le quité las piernas, para que no huyera de mí; y le corté su miembro más preciado para quitarle su dignidad, como la que yo ya había perdido. Lo dejé desangrando en una bañera y me fui, dejándole las últimas palabras de mi hermano escritas con su sangre en la pared.

“El mundo es cruel, pero yo lo gozo al verte todos los días.”

Esa frase ha sido una de las que ni con una sobredosis, lograría olvidar, porque mi hermano era otra parte de mí, una parte a la que le quedaba algo de inocencia; él era el único que al verme se sentía feliz, compartíamos las mismas tragedias que nos perseguían; él era el único que sabía el significado de crueldad.

Me seguían persiguiendo todo estos pensamientos y maté a muchos más de maneras abominables, pero aun así, yo no era el monstruo que era mi padre.

Una noche, lo que yo pensaba que iba ser otra noche de placer, terminó siendo la noche más reveladora de todas.

Mi siguiente víctima era una mujer hermosa, otra compañera de trabajo. Tenía unos labios rojos con olor a chocolate; una sonrisa tan inocente que la hacía ver como una pequeña niña; su cabellera era lisa, negra y suave; tenía una mirada que daba esperanza, aunque se podían ver los huecos que habían dejado las tragedias por las cuales esa mujer había pasado. Era la mujer perfecta y me llenaba de felicidad hablar con ella, pero mi conciencia y deseo por la muerte me mandaban a matar a una criatura tan perfecta, aunque yo me negara.

Mis deseos y tentaciones me empezaron a controlar; cuando me di cuenta, me encontré con un cuchillo a la vista y con ella al lado mío, atada y llorando. El arrepentimiento me atacó y me dejó en blanco. Lentamente me acerqué a sus piernas y me senté sobre de ella. Una vez cara a cara, dejó de llorar y de gritar; le desaté las manos y un impulso hizo que nos agarráramos apasionadamente y expresáramos este sentimiento que pensaba perdido.

Amor.

Éramos dos cuerpos solitarios compartiendo calor, en una noche nublada y catastrófica; sus manos me agarraban y lograban llevarme a otro mundo. Me hizo sentir frágil, ella logró hacerme sentir feliz, y logré vencer mi sed de venganza.

Después de esa noche decidí vestirme de gala e invitarla a salir. La llevé a un restaurante lejos de la zona roja, dónde la gente iba a comer sin problemas. Me sentí tan feliz de verla reír, de verla con un vestido azul brillante, con un escote atrás, con perlas y zarcillos de diamante. Yo llevaba en el bolsillo lo que consideraba el principio hacia el camino de la felicidad: un anillo con un diamante del tamaño de una fresa en una caja de preservativos. Antes del postre, me arrodillé y le confesé que nadie en este mundo me hacía tan feliz como ella. Le dije que su sonrisa me daba ganas de reír, que sus ojos cargaban la esperanza que me faltaba, y que ella me ayudó a conocer el amor. Finalmente le pregunté si se quería casar conmigo.

Su cara no era la esperada. Era de angustia y temor.

—Lo que nosotras tuvimos fue especial —me respondió—. Es una experiencia que siempre quedará en mi memoria porque me ayudaste a descubrirme, me ayudaste a tener respeto… Me salvaste. Yo si te amo y de eso, me temo que me arrepiento. Me arrepiento de amar a una mujer que no conozco, que conocí en un burdel; me arrepiento de amar ya que sé que uno nace solo y muere solo, y es por eso que yo decido nacer, vivir, y morir sola. Si yo te pierdo no voy a llorar, voy a ir detrás de ti, y si yo me muero tú harás lo mismo… pero no puedo, ni estando muerta, cargar con la culpa de la muerte del amor más grande de mi vida.

“No te arrodilles delante de mí, que soy yo la que me arrodillo y te pido que me disculpes, que sepas que te amo, y que hasta acá llego este amor; que me deprimo al pensar que te puedo perder ahora o después, pero prefiero perderte ahora antes de que sea muy tarde para arreglar la vida. Me arrodillo y te digo gracias sin esperar un “de nada” de vuelta, porque tú me hiciste un favor, y me halagas con tu propuesta, pero no digas “de nada” si esto no significa nada para ti. Te pido gracias en un rodilla, al igual que te pido que no me hables nunca más. Este es mi último te amo.

Sus palabras me dejaron en la ruina. Me dejó despechada y sin nadie con quien llorar; me dejó sin aire, sin ganas de nada, ni de morir o vivir. Ese momento me quemaba por dentro, me pudría su recuerdo, y me repugnaba de mí misma. Volví a ser una piltrafa de mujer, sin esperanza, devastada, en la calle, sin trabajo, sin nada, sin nadie. Llegué al borde del suicidio pero ni la muerte me aceptaba. Fallé en cada intento. La depresión acabó con  mi vida; traté de volver a mi viejo trabajo pero ya estaba consumida, flaca, destruida. Daba lastima tener relaciones conmigo.

Una noche en la calle al frente del burdel donde empezó y terminó mi vida te vi salir con tu cliente. Seguías igual de hermosa. Crucé la calle y te saludé, pero tú no me reconociste; te dije que tenía más dinero y que vinieras conmigo. Como buena negociante, dejaste al hombre en el burdel y lo llevaste con otra. Cuando llegamos a la casa donde había ocurrido mi infancia decidí volver a satisfacerme y hacer lo único que no requería dinero; la casa estaba abandonada y entramos. Todavía había manchas de sangre, y el cuchillo seguía ahí. Fuimos al cuarto y te até a la cama. Después de dejarte ahí me trataste bien y me reconociste: reconociste mi lunar en la pierna derecha, reconociste mi mirada sin esperanza, y mi forma de ser feliz contigo. Empezaste a gritarme, a decirme que era una loca, que tenía problemas, que me podía ‘ayudar’.

Me volteé con cara de desacuerdo y te respondí:

—Te di la oportunidad de ayudarme, de mostrarme lo que era lo correcto, de mostrarme qué es el amor de películas, y ahora ya es muy tarde para que alguien me salve de mí misma.

Entraste en pánico y empezaste a gritar aún más; yo bajé a la sala, agarré el cuchillo oxidado y volví a subir.

El reflejo del metal me tentaba a saborear su sangre, a abrir su corazón y sentirlo palpitar en mi mano. La idea de la perfecta tortura me perseguía, me daba vueltas en la mente, me hacía saborear sus gritos y sentir su sangre; me hacía sentir tan avergonzada y asustada de mí misma que me causaba placer en cada sentido. Venganza debería ser la ley y razón por la cual el humano debe de sobrevivir y merecer una vida de flores oscuras, de terrible soledad y de tremendo gozo.

—Este es mi último te amo —dije mientras te agarraba por la cabeza y te daba un beso en la mejilla.

El cuchillo seguía brillándome en la esquina del ojo, y sin pensarlo más, me corté las venas. Regué mi sangre sobre de tu cuerpo, y escribí esta nota antes de que me terminara de desangrar.

 

«Espero que esta vez la muerte me lleve y espero que cuando logres salir de esa cama vayas detrás de mí, y me digas entre las tinieblas que nos esperan “te amo”».

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